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TERMO
(1892, Inglaterra)
La botella de vacío denominada termo, tan indispensable en las
excursiones campestres, no fue ideada para mantener la temperatura del
café caliente o la limonada helada, sino para aislar gases en el
laboratorio. Era un aparato científico del siglo XIX, que finalmente
se abrió camino en los hogares del siglo XX.
El “frasco de Dewar”, como se le llamaba en la década de 1890, nunca
fue patentado por su inventor, el físico británico sir James Dewar.
Este consideraba su recipiente revolucionario como un avance notable
al servicio de la comunidad científica, y su frasco original puede
verse hoy en el Royal Instituto de Londres. Tan simple en su principio
como el actual termo de vacío, se mantuvo en servicio durante muchos
años.
Las propiedades aislantes del vacío fueron descubiertas en el año
1643, cuando el físico italiano Evangelista Torricelli inventó el
barómetro de mercurio, predecesor de todos los termómetros. Los
primeros problemas del termo consistían en mantener el vacío una vez
creado éste, y en emplear un material térmicamente no conductor, como
el caucho, desconocido en la práctica para la mayoría de los europeos
en la primera mitad del siglo XVII, con objeto de lograr el cierre
hermético de todos los puntos de contacto entre los recipientes
interior y exterior.
En el año 1892, James Dewar construyó un recipiente con las paredes
intenor y exterior de cristal, que cerraban un espacio en el que se
había hecho el vacío. Para reducir todavía más la transferencia de
calor por radiación, recubrió con plata el cristal interior. Los
científicos utilizaban la botella de Dewar para guardar vacunas y
sueros a temperaturas estables, e incluso para transportar peces
tropicales raros.
Estos recipientes de laboratorio los fabricaba para Dewar un soplador
profesional de vidrio, Reinhold Burguer, socio de una firma berlinesa
especializada en aparatos científicos de cristal. Fue Burger quien
comprendió las amplias aplicaciones comerciales de la botella de
vacío, y después de crear una pequeña versión destinada al hogar, con
un exterior metálico que protegía las delicadas paredes de cristal,
protección ausente en el modelo de Dewar, obtuvo una patente alemana
en el año 1903.
Al buscar un nombre para su recipiente, y con la intención de
conseguir al mismo tiempo publicidad, Burguer promovió un concurso,
ofreciendo un premio en metálico para la sugerencia más imaginativa.
La palabra vencedora fue Thermos, que significa “calor” en griego.
El presidente William Taft utilizaba un termo en la Casa Blanca, sir
Ernest Shackieton se llevó uno al Polo Sur, el teniente Robert Peary
llegó al Polo Norte con un termo en su equipo, lo mismo que sir Edmund
Hillary en su conquista del Everest, y los termos acompañaron en sus
vuelos a los hermanos Wright y al conde Zeppelin. Si un termo era tan
seguro como para llegar a los últimos confines del globo, sin duda
habría de mantener también la sopa caliente en una excursión
campestre.
Del libro "Las cosas nuestras de cada día" de Charles Panati
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