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LAVADORA DE ROPA (siglo XIX, Inglaterra y
Francia)
Durante siglos, quienes viajaban por mar lavaban su ropa sucia
manteniéndola en un saco de lona que se arrojaba por la borda para que
el barco lo arrastrara horas y horas. El principio era indiscutible:
hacer pasar agua a través de la ropa a fin de eliminar la suciedad.
Las primeras lavadoras accionadas a mano trataron de aplicar el mismo
principio incorporando un dispositivo semejante a un taburete
invertido que encajaba en un depósito y presionaba la ropa,
escurriendo el agua y permitiendo después que volviera a entrar más.
Tan numerosas fueron las invenciones destinadas a aliviar la dura
tarea de la colada, que el origen de la lavadora es incierto, aunque
se acepta en general que a principios del siglo XIX, en la Europa
occidental, comenzaba a difundirse la práctica de meter la ropa en una
caja de madera y hacer girar ésta con una manivela. Madres e hijas se
turnaban, hora tras hora, para accionar la manivela.
El concepto del tambor rotativo llevó a las secadoras de la época. Una
de ellas, inventada en Francia en 1800 por un tal Pochon, era conocida
como el “ventilador”. Las ropas, escurridas a mano y todavía húmedas,
se metían en un tambor metálico perforado, que se hacía girar con una
manivela sobre un fuego. Según la intensidad de éste y la altura de
las llamas, las ropas se secaban poco a poco o se quemaban, y siempre
adquirían el aroma del combustible y a veces su hollín. Ninguna de
estas máquinas secadoras aventajó nunca al tendedero.
Las primeras lavadoras eléctricas, en las que un motor hacía girar el
bombo, aparecieron en Gran Bretaña y los Estados Unidos hacia 1915.
Durante varios años, el motor no estuvo bien protegido bajo la
máquina, y el agua penetraba a menudo en él causando cortocircuitos,
incendios y calambres.
Anunciadas como “automáticas”, las primeras lavadoras no tenían nada
de tales. Muchas se llenaban manualmente con cubos de agua y eran
también vaciadas a mano. Las ropas se secaban chorreando, y el “ciclo”
de lavado continuaba hasta que se desenchufaba la máquina. Hasta 1939
no aparecieron lavadoras verdaderamente automáticas, con mandos de
tiempo, ciclos variables y niveles de agua prefijados. La liberación
de una de las más antiguas tareas del hogar llegó tarde en la
historia.
Del libro "Las cosas nuestras de cada día" de Charles Panati
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