|
OLLAS Y CACEROLAS DE PORCELANA (Alemania, 1788)
El primer utensilio de cocina fabricado en América fue una olla de
hierro forjado que data del año 1642, la hoy famosa Saugus Pot,
producida en los talleres Saugus Iron Works, en la vieja ciudad de
Lynn, en el estado norteamericano de Massachusetts.
Esta olla, de tosca silueta, provista de tres patas, con una tapadera
y una capacidad de poco más de un litro, marcó el comienzo de la
industria de utensilios culinarios en Norteamérica, puesto que antes
de esa fecha todos los artículos metálicos en la cocina de un colono
eran de importación británica.
Al tiempo que las fundiciones norteamericanas empezaban a producir
ollas de hierro negro y con áspera superficie exterior, la industria
alemana se orientaba hacia algo totalmente nuevo y, al parecer, muy
poco práctico para las cocinas: la porcelana.
En el año 1750, el inventor Johann Heinrich Gottiob von Justy sugirió
recubrir el tosco exterior de las ollas y cacerolas de hierro, con los
lisos y lustrosos esmaltes utilizados desde hacía largo tiempo en
joyería. Sus críticos arguyeron que la delicadeza del esmalte de
porcelana no podría resistir el uso en la cocina, pero Von Justy
contraatacó con el hecho indiscutible de que cientos de antiguos
artefactos de porcelana, habían conservado su brillo y su dureza
durante siglos, y que ciertos ornamentos egipcios databan del año 1400
a.C.
En el año 1788 la fundición Konigsbronn, en Württemberg, produjo los
primeros cacharros de cocina provistos de un resplandeciente acabado
de esmalte blanco. Este descubrimiento inició una nueva era en los
utensilios culinarios, procurando a las amas de casa una amplia
variedad de utensilios que podían limpiar con mayor facilidad que todo
lo conocido hasta entonces. La porcelana fue el teflón del siglo XVIII.
Sin embargo, estos innovadores de la porcelana no habían previsto la
reacción del público. Aquellas ollas, cazuelas y cacerolas relucientes
eran demasiado atractivas para utilizarlas solamente en la cocina, y
así, durante largos años, las amas de casa alemanas exhibieron con
orgullo estos recipientes como objetos de adorno, en las repisas de
las chimeneas, sobre los pianos y en los antepechos de las ventanas
para que los admirasen los transeúntes.
En cambio, los británicos adoptaron esta artística creación alemana y
le dieron una aplicación práctica, aunque muy vulgar. Produjeron los
primeros orinales de porcelana, de paredes altas o bajas, destinados a
hospitales y hogares. Una vez más, la superficie lavable y
antiadherente del nuevo material contribuyó a su rápida aceptación.
Del libro "Las cosas nuestras de cada día" de Charles Panati
|